
La relación entre José Luis Ábalos y Pedro Sánchez es uno de esos misterios políticos que merecerían su propio documental de sobremesa: música dramática, planos cortos, y un narrador diciendo: “Todo empezó cuando aún se sonreían en público…”.
Porque sí, hubo un tiempo —breve, pero existió— en el que Ábalos era algo así como el copiloto político de Sánchez. Un copiloto que, dicho sea de paso, parecía convencido de que llevaba el volante. El presidente, mientras tanto, sonreía como quien deja a un niño jugar con el mando de la tele apagada.
Con los años, lo suyo terminó pareciéndose a una comedia incómoda: Sánchez avanzando hacia donde mejor soplase el viento, y Ábalos intentando seguirle el ritmo, aunque cada vez con menos aire. Como esas parejas que cenan juntas pero ya solo se hablan para pedir la sal.
El final todos lo conocen: Ábalos pasó de “mano derecha” a “quién es este señor que ronda por aquí”, y Sánchez, fiel a su estilo, practicó su deporte favorito: el Sanchexit sentimental. Una técnica quirúrgica que consiste en desaparecer políticamente de la vida de alguien sin dejar huella… ni rastro de responsabilidad.
Lo irónico es que, tras tantos años de fidelidad, viajes, gestiones variopintas y algún que otro lío diplomático, al antiguo ministro ya solo le queda la épica de saberse protagonista secundario de esa telenovela política que algunos insisten en llamar “gobierno progresista”.
Y en esta relación descrita, como en toda buena tragicomedia, siempre quedará la duda:
¿se rompió porque Sánchez dejó de confiar en Ábalos, o porque Ábalos aún confiaba en Sánchez?
Sea como sea, lo suyo da para miniserie. O para campaña. Lo que venga antes.
3 dic 2025